Cuartel General de Lima, a 13 de septiembre de 1823

A la señora Manuela Sáenz
Mi buena y bella Manuelita:



Profunda preocupación tiene mi corazón, a más de mi admiración por tu valentía al enfrentarte sola al anatema de la luz pública, en detrimento de tu honor y de tu posición.

Sé que lo haces por la causa de la Libertad, a más que por mi mismo, al disolver, con la intrepidez que te caracteriza, ese motín que atosigaba el orden legal establecido por la República, y encomendado al general Solom en Quito.

Tú has escandalizado a media humanidad, pero sólo por tu temperamento admirable. Tu alma es entonces la que derrota los prejuicios y las costumbres de lo absurdo; pero Manuela mía, he de rogarte: prudencia, a fin de que no se lastime tu destino excelso en la causa de la libertad de los pueblos y de la República.

Prefiero que vengas a Lima, a fin de hacerte cargo de la secretaría y de mi archivo personal, así como los demás documentos de la Campaña del Sur.

Con todo mi amor,
Bolívar



Ibarra, 18 de octubre de 1826

Adorada y consentida Manuelita:

Tu carta del 29 de septiembre me ha arrobado el corazón. Sólo puedo responderte con la virtud de mi vejez con la cual me siento obligado a idolatrarte. Tu prueba de amor siempre me fue dada. Tú insististe en la declaración eterna de mi amor a ti. Manuela mía ¿acaso crees que olvido tu inquisitiva mirada, cuyos ojos arrebatadores sobre el óvalo, de tu rostro avivando, lo suculento de labios? ¡No!

¡Sí hablar pudiera y revivir así, tu generosidad que ha alegrado mi vida con tus gracias! ¡Sólo te amo a ti! Me pides que te haga un halago: te envío un delicado arte en filigrana de oro y plata y esmalte de ese azur que te encanta, y en plata aquello que evoca el baile cuando robaste mi atención y mi devoción por ti. Quiero tocarte y verte saborear todos tus encantos.

Tuyo de corazón
Bolívar



Bucaramanga, a mayo 18 de 1828

Mí adorada Manuela:

Me encuentro aquí, solo, en esta ciudad que me turba con las noticias que a diario recibo de las deliberaciones de la Convención de Ocaña; sé que me falta tu consejo y tu presencia, aquí donde todo me es ingrato.

La Gran Colombia se sumerge en la discordia de los partidos y no queda otro camino que sucumbir, o la dictadura. ¿Qué me aconsejas?

Mi fiel acompañante Lacroix toma nota minuciosa de mis descargas de ánimo, y me dice durante largas jornadas de conversación que la patria y la historia me deben todo. En eso concuerda contigo, y me hace recordarte. Pero no solamente esta nostalgia te trae a mi mente; pues se trata del ansia con la cual mis sueños se iluminan con tu mágica sonrisa. Sí, aún añoro esos besos tuyos y tus fragancias.

Tuyo
Bolívar



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